Esta mañana se me estropeó el coche. No sé por qué narices se me ocurrió la idea de abrir el capó, porque a menos que haya un gnomo con cara de psicópata arrancando cables a mordiscos no sé cómo iba a ser capaz de diagnosticar el problema. Es de esas veces que una se arrepiente de no haberse leído el tema de mecánica del libro del carnet de conducir.
Total, que al final tuve que ir al trabajo en autobús. Hacía meses que no lo cogía, no me extraña, entre las huelgas por el sueldo, las huelgas por suicidio, y las huelgas porque simplemente no hay ganas, pues se pierde la costumbre. Para empezar, una lista se me coló en la entrada. Era una de esas estudiantes que van con el mp4, el palestino y la chapita anti-bolonia a todas partes. Solté un comentario lo suficientemente alto como para que sólo ella se enterara, del tipo: “esta juventud…” Me encanta comprobar que estos tópicos siguen siendo una bomba de relojería ante los veinteañeros, si es que no falla. Me lanzó una de esas miradas de odio como cuando pillas a tu novio mirándole el culo a otra. Fue genial. Sobre todo porque conseguí irritarla del todo al devolverle una sonrisa.
Por fin consigo sentarme en un lugar lo suficientemente alejado como para que los viejos no lleguen hasta allí y utilicen la técnica anterior conmigo. No pienso probar mi propia medicina. Pero tuve la fantástica suerte de sentarme enfrente del exnovio de Luisa. No sé porqué me extrañó verlo allí. Debería haber recordado que era tan inmaduro que se gastaba el dinero en videojuegos en lugar de ahorrar para un coche. Intentamos evitar mirarnos, pero llegó un momento en que resultaba ridículo. Malditas convenciones sociales…”¿y ahora qué coño hablo yo con el capullo este?”. Tendría que haber buscado mejor a ese gnomo en mi motor antes de coger el autobús. Si es que soy imbécil. Afortunadamente su parada era la siguiente, así que sólo dio tiempo a algunas frases de manual y una despedida con una sonrisa que en realidad esconde un “¿por qué no te pudres, cerdo misógino?”
Creo que mejor no le cuento nada a Luisa. Siento cierta compasión por ese pobre imbécil, no quiero que lo acose a llamadas mientras se está tirando a otras. Además ella está ahora con el sueco, dejaré que disfrute de él hasta que la deje por una de carne y hueso.
Llegué a mi parada no sin antes haberme cruzado con un par de canis que parecían tener problemas de oído porque llevaban el móvil a todo volumen con el último recopilatorio de El Barrio, y con una emo con problemas de secreción de melanina. Mercedes Milá pierde el tiempo entrevistando a prostitutas y transexuales, debería pasarse por aquí más a menudo.
“El autobús es para los fracasados” Homer Simpson.
Comprendo a tu personaje, yo también odio el autobús, con las conversaciones sociales, las colas, los apretujosnes… un royo. Pero eso es problema de costumbre: Es que cuando uno descubre las comodidades del coche ya no quiere volver a ver un autobús.
Bueno, mi vida, genial, como siempre!
Comentario por Juan — noviembre 23, 2008 @ 11:13 am